Cultura Peter Pan

En una sociedad que idealiza la juventud permanente, ¿cómo alcanzar la madurez?

Por Lucas Campisi

Al terminar el colegio secundario, muchos egresados tienen por costumbre escribir sobre los guardapolvos, uniformes, cartucheras y carpetas, buenos deseos para el futuro. La frase que quizá más se repite en este tipo de mensajes es “nunca cambies”.

En la actualidad, una gran cantidad de hombres y mujeres siguieron al pie de la letra esta sentencia y viven como si aún tuviesen dieciocho años. A esta actitud comúnmente se la denomina síndrome Peter Pan, en referencia al personaje de literatura infantil creado por el escritor escocés James Matthew Barrie.

Hace un tiempo, la Organización Mundial de la Salud retrasó el inicio de la adultez a los 25 años. Esta determinación surge como resultado del crecimiento de consultas que los jóvenes realizan por cuestiones típicamente adolescentes como intoxicaciones, conductas violentas, dificultades en la interacción social, miedo a la soledad, inseguridad, actitudes centradas en recibir, pedir y criticar, la falta de responsabilidad e insatisfacción permanente. La lista es más larga, pero estas son las principales características que reúne una persona que se niega a la adultez.

A través de los medios de comunicación se hace un culto a la juventud: quien pueda conservarse en el tiempo logrará la felicidad. La mayoría de los conductores televisivos y radiales mantienen y promulgan este tipo de actitudes desde el más claro de los ejemplos: formadores de opinión que viven, hablan, visten y actúan igual que los muchachos que transitan la educación secundaria.

Obviamente, desde los medios se promociona este estilo porque al anular la razón, las personas se vuelven fácilmente manejables. Quien se estanca en la adolescencia pierde la capacidad de mirar la realidad con sentido crítico; simplemente, se deja influenciar por lo que propone la masa. Por ende, el mercado se ve favorecido, ya que su público no es capaz de reconocer qué cosas son necesarias y cuáles, simples ilusiones del marketing.

Sin embargo, esta involución del ser humano no afecta solamente al ámbito económico, sino que también deteriora las relaciones interpersonales. El número de divorcios va en aumento: incapaces de ceder y consensuar, las parejas deciden romper la relación ante la primera dificultad. La falta de argumentos racionales para sostener una discusión propone una inevitable avanzada de violencia. El individualismo, que es normal en un niño, se exacerba notablemente en los mayores.

El apóstol Pablo aclara en su primera carta a los Corintios que cuando era niño hablaba, pensaba y razonaba como un niño, pero al hacerse hombre dejó atrás lo que era propio de la infancia. Con esta ilustración, nos muestra la importancia de avanzar y crecer: debemos dejar atrás todo lo que nos aleje de la madurez para proyectarnos a futuro.

Por último, tomar esta actitud de vida es revelar una falta de profundidad espiritual. Quien se rige únicamente por lo que dicta su corazón, nunca alcanzará la adultez. El verdadero crecimiento se produce cuando buscamos en Dios la respuestas a nuestras necesidades interiores.

Nuestro Señor jamás nos escribiría en el guardapolvo “nunca cambies”; por el contrario, nos alentaría a perfeccionarnos para alcanzar la plena madurez.