El valor del prójimo

La humanidad ha levantado barreras para convertir al otro en un enemigo

Por Claudio Nava

En la escuela donde trabajo como profesor, a menudo oigo que mis alumnos utilizan los términos paraguayo o boliviano como insultos. Con frecuencia, recurren a motes despectivos, que usted habrá oído, para referirse a estas nacionalidades.

Los seres humanos siempre hemos tendido a levantar barreras entre nosotros al elevar ciertos grupos sociales y menospreciar otros sin ninguna base racional. ¿Un  boliviano es menos ser humano que un argentino? ¿Un alemán es más valioso que un paraguayo? Cualquier persona, sea de la nacionalidad o el color que sea, es única e insustituible. Todos sentimos, sufrimos, amamos y soñamos del mismo modo. Es una tontera pensar que uno es superior al otro.

Muchas de estas expresiones discriminatorias que frecuentan niños y adolescentes son resultado de imitación de lo que ven y oyen en el hogar. En un paso más arriesgado aún –que ya se ha dado–, la inmensa mayoría asocia a estos grupos con la delincuencia, la droga y la marginalidad.

Todo esto parece un juego inocente, pero va creando progresivamente un sólido sedimento de desprecio para con estos grupos, que una vez establecido, llevará varias generaciones remover y que puede producir serias consecuencias. Numerosos grupos minoritarios fueron perseguidos y casi aniquilados en los últimos cien años por motivaciones diversas, siempre partiendo del desprecio que las mayorías les    tenían. Usted pensará aquí en los judíos o armenios, y tiene razón, pero también debemos incluir aquí el hostigamiento que sufre actualmente la población indígena de los Qom en el Chaco.

Nunca es una cuestión menor el desprecio y la marginación de ciertos grupos. ¿Cuánto costó y aún cuesta en Estados Unidos derribar la barrera edificada hace más de tres siglos entre blancos y negros? Aún muchos años después de abolida la esclavitud, los afroamericanos tuvieron que luchar con tenacidad para utilizar el transporte y asistir a las universidades libremente. La lucha no fue gratuita: costó la vida de muchos, incluyendo la del pastor y activista Martin Luther King.

Hace dos mil años Cristo sacrificó su vida voluntariamente para derribar las barreras que los hombres levantan a diario. Dice el apóstol San Pablo: 

Por medio de su sacrificio en la cruz, Cristo ha puesto fin al odio que, como una barrera, separaba a los judíos de los que no son judíos. Por medio de su muerte en la cruz, Cristo puso fin a la enemistad que había entre los dos grupos, y los unió, formando así un solo pueblo que viviera en paz con Dios.

En la cruz, Cristo nos enseñó que todos los seres humanos somos valiosos a los ojos de Dios. Del mismo modo que todos, sin importar nuestra cultura y origen, cometemos faltas, todos por igual podemos hallar el perdón de Dios.

Si Dios, que es perfecto, nos amó y ama sin importar nuestro color o nacionalidad, haremos bien en imitar su conducta y considerar que todos nuestros semejantes son tan valiosos como lo somos nosotros, y que despreciar a nuestro prójimo implica necesariamente el desprecio hacia nosotros mismos.