Nada sale de la nada

El desafío de educar en familia

Por Ezequiel Dellutri

La historia relatada por Shakespeare es sencilla: cansado de gobernar, el rey Lear decide dividir su reino en tres partes para repartirlas entre sus hijas. Con el fin de resolver a quién debe entregar el territorio más valioso, Lear propone un juego que parece simple, pero termina siendo siniestro: una a una, sus hijas deberán decirle cuánto lo aman. La que dé la respuesta más convincente, se llevará como premio la mejor tierra.

Cada hija juega lo mejor que puede. Las dos mayores, que no sienten aprecio por su padre, recurren a palabras elogiosas y lisonjeras. Finalmente, el rey pregunta a la menor. Cordelia, que realmente lo ama, responde con una sola palabra: nada. El rey se enfurece y la destierra, pero lo que en realidad quiso significar la muchacha es que las palabras no pueden demostrar el amor tanto como los hechos.

Muchas veces, nos preguntamos qué sucede con los jóvenes que se alejan de Dios, dejan de vivir la comunión en sus iglesias y comienzan a experimentar con lo que el mundo les ofrece. ¿Qué sucede? ¿Qué responsabilidad hay por parte de los padres?

Padres y modelos

Como padre, Lear debería ser un referente para sus hijas. Sin embargo, reniega de esta condición y se coloca no sólo a la altura de sus vástagos, sino incluso más abajo. Nos guste o no, los padres somos referentes: nuestros hijos nos miran, nos observan, nos analizan. Detrás de su aparente apatía hay una gran capacidad para encontrar contradicciones, mentiras, hipocresía, dobles discursos. Si los padres se presentan como estandartes del ideal cristiano, deben demostrar que están consustanciados con Cristo en cada momento de su vida.

Claro que esto representa una gran dificultad, porque nadie puede mostrar lo que no es y nosotros difícilmente podríamos ser perfectos. Pero lo que los adolescentes reclaman no es esto, sino algo mucho más sencillo y real: honestidad. Los padres debemos, por el bien de nuestros hijos pero también por el propio, desterrar el mito del cristiano todopoderoso. Ya lo dice con claridad el apóstol Pablo: Tenemos un tesoro pero en vaso de barro. Dios no espera la absoluta perfección de nosotros, sino el intento honesto por tratar de alcanzar los ideales cristianos. Si a Dios le bastó con esto, a nuestros hijos también les bastará. Presentarle un ideal de rigidez extrema no los hará mejores, sino más inseguros. En la disciplina, como en todo, lo importante es el equilibrio. No basta, como creen muchos, con ser duro: hay, sobre todo, que saber cuándo serlo.

Los padres nos quejamos del  tiempo que pasan nuestros hijos frente al televisor o a la computadora; nos rasgamos las vestiduras cuando vemos los peligrosos juegos de seducción de nuestra sociedad, pero tal vez sería conveniente primero preguntarnos cómo todo esto nos afecta a nosotros. ¿Realmente estamos viviendo como cristianos y siendo ejemplo de amor, equilibrio y paz? Es muy probable que nuestros hijos no hagan caso de nuestras palabras, pero es muy probable que imiten nuestras acciones.

Ejercer la autoridad

Dentro del contexto medieval, el juego de Lear implica una ruptura del orden natural: se consideraba que un rey debía terminar su mandato con plenos poderes y que era contraproducente repartir su reino en vida. Lear no quiere asumir las responsabilidades que le corresponden, porque está agotado frente al esfuerzo de gobernar. No comprende que lo que en realidad está despreciando es su autoridad como padre.

Vivimos en una sociedad que reniega de la paternidad porque implica una responsabilidad que se deberá afrontar durante gran parte de la vida. Los padres quieren ser amigos de sus hijos, distorsionando los roles por mera conveniencia. El alcohol, las drogas y el desenfreno sexual hacen estragos entre los jóvenes, pero esto no es más que el síntoma de un problema mayor: la ausencia de un modelo a seguir.

Pretendemos una paternidad sin conflicto sin darnos cuenta que es precisamente ese enfrentamiento el que da al individuo mayores posibilidades de crecimiento. Todos hemos escuchado a padres afirmar que tienen una excelente relación con sus hijos, y esto es loable. Pero muchas veces esta frase no refleja la realidad. Las relaciones entre padre e hijos, como todos los vínculos interpersonales, presentan dificultades que son fundamentales para que la persona se desarrolle con la fuerza necesaria para enfrentar las adversidades y mantener el rumbo aún en las peores tormentas. Como persona experimentada en el trabajo con adolescentes, tanto en el ámbito eclesiástico como secular, sospecho a menudo de aquellos padres que manifiestan una relación entrañable con sus hijos, porque la ausencia de conflictos implica también la ausencia de confrontación. Por doloroso que resulte al corto plazo, los padres debemos comprender que una de nuestras funciones, y no precisamente la menor, es la de establecer límites.

Dios mismo grabó en las tablas la sentencia: honrarás a tu padre y a tu madre, ley absoluta e irrefutable. Pero eso no nos impide preguntarnos si estamos siendo padres que merezcan esa honra y que sean dignos portadores de la autoridad que nos ha sido dada. Detentarla implica estar dispuesto a hacernos cargo de nuestras responsabilidades y enfrentar las situaciones perjudiciales para nuestros hijos aún antes de que se produzcan, aunque eso implique oponernos momentáneamente a sus deseos.

Conocer, comprender, confiar

Lear cree comprender a sus hijas. Está seguro de interpretar bien sus palabras, pero en realidad entiende todo al revés. Ha pasado años junto a ellas y, sin embargo, las desconoce.

Hace un tiempo, me encontré con un viejo conocido en su lugar de trabajo. Por un momento, lo observé ir y venir, resolver problemas y afrontar dificultades que a mí me hubiesen resultado imposibles de solucionar. Comprendí que se encontraba en su elemento y que estaba manifestando un potencial que yo desconocía. No importaba el tiempo que hubiese pasado hablando con él: al sumergirme en su mundo por unos minutos, había llegado a comprender mucho más de su persona que en años de conversaciones.

Los padres debemos interesarnos por el mundo que transitan nuestros hijos. Las nuevas tecnologías, la cultura pop, las tribus urbanas, las estructuras de poder que envuelven al mundo joven: todo debe ser objeto de análisis. No se puede pretender conocer a un joven por el solo hecho de pasar un tiempo junto a él. Hay que interiorizarse sobre el mundo en el cual vive y que –este dato no es menor–, no es el mismo en el cual vivimos nuestra adolescencia.

Pasar un tiempo con nuestros hijos debe ser una prioridad, pero es solo una parte pequeña de lo que debemos hacer. La responsabilidad de ser padre implica también ver lo que ellos ven, escuchar lo que escuchan, interesarse por lo que les interesa. Y no nos referimos a ir a un recital con ellos, sino a buscar por nuestro lado, sin inmiscuirnos en su privacidad, pero haciéndoles notar que nosotros sabemos de qué hablan y somos capaces de ayudarlos a hacer una lectura crítica de la cultura joven, algo que es fundamental para que puedan abrirse camino por el mundo.

Meterse en el mundo de los jóvenes implica, aunque esto parezca una contradicción a todo lo anteriormente dicho, perder parte de la ingenua confianza que les tenemos. No se trata de que no se pueda confiar en un adolescente, se trata más bien de que nuestra confianza debe ser selectiva: hay responsabilidades que pueden asumir y otras que no. Luego de muchas horas de aconsejar a padres para que afronten los problemas de sus hijos, hay una frase que nunca dejo de escuchar: Yo confiaba en él. Los padres que creen que los hijos les cuentan todo y que su palabra basta, están dándole a los adolescentes la posibilidad de transgredir las normas sin ningún tipo de control ni límite. Los que aseguran haberlos criado tan bien como para que no hagan nada malo son ingenuos por partida doble: por un lado, consideran su labor irreprochable y por el otro, creen que ya han hecho todo lo que debían hacer… ¡Cuánto se equivocan! La educación de un hijo es una tarea que debería finalizar, como sostiene la Biblia, cuando ellos decidan formar otra familia o adecuarse a un estilo de vida independiente. Mientras tanto, la labor de la crianza continúa sin menguar en ningún momento, sin importar la edad ni la capacidad de nuestro hijo.

Mal que nos pese, la paternidad es una cuestión de toda una vida.

Nada sale de la nada

Cuando Cordelia, la única hija que lo ama, se niega a responder la pregunta de Lear, el anciano expresa un concepto que es a la vez su propia sentencia: Nada sale de la nada. No hace falta que relatemos el final de la obra de Shakespeare: una vez que ha delegado el poder en sus hijas mayores, estas se vuelven contra él y todo termina en la peor de las tragedias. El padre y las tres hijas mueren luego de enfrentarse cruelmente.

Cuando nuestros hijos se desentienden de los temas espirituales y deciden elegir un camino ajeno a los principios cristianos, hay dos responsabilidades absolutamente independientes: por un lado, está la del joven. La conducta de un padre no excusa la decisión de un hijo. Las personas son libres en el sentido más radical del término. Esto significa que el resultado de sus determinaciones no puede achacársele a su pasado ni a determinada influencia, sino a una convicción interior y personal. Por otro lado, está la responsabilidad de los padres. ¿Qué hemos puesto en el corazón de nuestros hijos? ¿Qué clase de referente hemos sido? ¿De qué modo los hemos respetado y controlado? Porque como dijo el gran bardo inglés, nada sale de la nada.