El precio de una vida

Aunque muchos propongan lo contrario, somos seres únicos y valiosos

Por Claudio Nava

Sucedió hace unos años en Santa Clara del Mar: un hombre que atropelló y mató accidentalmente a un perro, murió a causa de los golpes que le propinó un motociclista. Aunque tan absurdo suceso resulte llamativo, lo que más me asombró fueron los comentarios que los lectores dejaban en la versión digital del diario donde leí aquella noticia. Estas opiniones dieron inicio a una increíble discusión acerca del valor de la vida. Para que nadie crea que exagero, transcribo algunos:

No entiendo por qué la vida de un animal  es inferior a la de un ser humano.

¡La vida de un perro vale lo mismo que la vida de una persona!

A raíz de toda la violencia que se genera de ambas partes, hoy tenemos dos vidas menos.

¿Quiénes son para decir que la vida de un animal es inferior a la de un ser humano?

Son comentarios sorprendentes y preocupantes. ¿Puede ser que estas personas le otorguen el mismo valor a sus mascotas que a sus propios hijos? Para estas personas, la vida de un ser humano vale lo mismo que la de un perro.

No discuto el hecho de que nuestras mascotas deben ser bien tratadas, de igual manera que debemos ser cuidadosos con toda la creación y correctos administradores de los recursos naturales. Pero debería resultar muy evidente el singular e inigualable valor que ocupa la vida del ser humano entre la de todos los seres vivos.

¿Qué tiene de especial cada uno de nosotros? Primeramente, los humanos tenemos conciencia de nuestro propio existir: sabemos que estamos vivos y podemos pensar sobre esta condición. Comprendemos que vivimos en un determinado lugar y en un tiempo preciso. Ningún otro ser tiene esta posibilidad.

En segundo lugar, los seres humanos tenemos capacidad creadora, lo que nos permite elaborar una cultura. De allí que seamos capaces de fabricar, inventar y desarrollar diversos elementos tecnológicos y artísticos, pero además de transmitir esos saberes de una generación a otra por medio de la riqueza de nuestro lenguaje.

Y en tercer término, gozamos de una cualidad sublime: tenemos incorporado a nuestro ser un sentido de eternidad y una profunda necesidad espiritual, lo que nos lleva a buscar respuestas sobre el sentido de la vida. Ningún otro ser se pregunta de dónde vengo, para qué estoy, hacia dónde voy. Actúan guiados por un instinto que se entrelaza fuertemente con el sentido de supervivencia.

Por todo esto, igualar la vida de una persona con la de un animal es un verdadero desatino, una falta de ubicación y comprensión por parte del ser humano hacia sí mismo.

Me pregunto, ¿cómo puede ser que hayamos llegado a un punto tal en el cual algunas personas consideren hoy que sus vidas valen lo mismo que la vida de un perro? Este despropósito se debe a que desde mediados del siglo veinte, el ser humano ha perdido el punto de referencia que le da coherencia y sentido al universo de la vida.

Los antiguos griegos tenían un punto de referencia al que denominaban logos. A partir de este concepto, explicaban el orden y el origen de todo el universo. Los cristianos también tenemos un punto de referencia: creemos y confiamos en un Dios creador y salvador que nos ayuda a comprender y reconocer que somos seres únicos, valiosos y espirituales.

Frente a tan evidentes muestras de desorientación y desprecio por la propia vida, es tiempo de volver a nuestro punto de referencia, al Dios que nos creó a su imagen y semejanza. Es tiempo de desandar el camino y volver al Dios que nos amó y envió a su único Hijo a dar su vida para abrirnos un camino de esperanza.