Amor de madre

Una propuesta para revalorizar a las madres en su día

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Por Ezequiel Dellutri.

En mi vida, me he cruzado con muchas madres. La mía en primer lugar, pero después vinieron otras: las de mis amigos, las de mis alumnos, mis compañeras de trabajo y hasta he visto a mi esposa convertirse en una. Hay algo de fascinante en ese proceso que desde mi visión masculina es difícil de entender: los padres amamos de una forma diferente de como lo hacen las madres.

Hay una sabiduría muy grande en Dios al haber determinado que su Hijo llegara al mundo en un momento donde los teléfonos celulares no existían ni siquiera en las mentes más imaginativas. Si no hubiese sido así, tal vez María se habría visto tentada a mostrarle a sus vecinas la foto del boletín de su hijo –todo dieces, por supuesto– e incluso de colgarlo en Facebook para presumir frente a sus amistades.

Pero no: María guardó todo en lo más profundo de su corazón, lejos del exhibicionismo pueril de muchos padres actuales. Supo desde el comienzo que su hijo era especial y tenía un destino de grandeza; sin embargo, tuvo la pericia de no convertirlo en el centro del mundo, a pesar de que en este caso –y solo en este caso– hubiese tenido toda la razón.

Ser madre no debe ser fácil. La mujer, más vinculada con la emotividad y el trajinar cotidiano que el hombre, suele cargar con el peso de muchas de las decisiones prácticas necesarias para llevar adelante una familia. Mientras que los padres estamos para aquellos grandes llamados de atención por problemas en apariencia más graves, las madres se ocupan de los más usuales: que hacer la tarea, que calzarse, que cepillarse los dientes, que ordenar el cuarto, que dejar de ver tanta televisión. Cosas que parecen insignificantes y que muchas veces, resultan exasperantes para los hijos, pero que a la larga terminan formando un carácter, además de ser prueba de un amor profundo. Porque mientras que los hombres vamos aprendiendo lo que significa la paternidad con la llegada de nuestros hijos, las mujeres nacen con la determinación de convertirse en madres: por muy modernos que seamos, nos sigue pareciendo sospechoso que una mujer renuncie voluntariamente a la maternidad.

Toda generalización es mala, pero no puedo renunciar a algunas: las madres sufren en silencio cuando sus vástagos elegimos el mal camino. Creo que son, aunque me pese decirlo, las que más oran por sus hijos. A veces, son también las que menos los comprenden, imbuidas en un afán retentivo que tal vez provenga del haber sentido a sus hijos dentro mismo de su cuerpo. En los evangelios, vemos como María no puede entender que Jesús esté concentrado en los negocios de su Padre. Es Cristo, el propio hijo, quien debe detenerla para marcarle que hay un espacio de independencia y responsabilidad que ni siquiera ella puede vulnerar. Sería fácil censurarla, pero yo, que soy hijo, esposo y padre, sé que hay algo natural y sincero en su actitud.

Parece una  verdad de Perogrullo, pero voy a decirla de todos modos: no hay madre sin hijo. En el evangelio de Juan, se nos refiere que ya clavado en la cruz, Jesús vio a su madre y, comprendiendo de una manera acabada su sentimiento, dijo refiriéndose a Juan, el discípulo amado: “Mujer, he ahí tu hijo”. Después, mirando al apóstol, repitió lo mismo, pero a la inversa: “Hijo, he ahí tu madre”.  Cristo se conmovió frente a esa madre sufriente, la que todo lo había guardado en silencio para ahora enfrentar el incomprensible final, y tuvo esa maravillosa frase de piedad que es, de alguna manera, la reivindicación última del rol de madre: Jesús le otorga un nuevo hijo que supla al que se va para abrir el camino a la esperanza.

Estoy seguro de que esa determinación de su hijo no mitigó el dolor de María. Y sin embargo, también estoy convencido de que María se sintió pagada por todos sus desvelos y sufrimientos en esa frase de reconocimiento de toda una vida de madre.

Me gustaría poder explicar mejor lo que significa la maternidad; mi condición de hombre me lo impide. Quisiera hoy pedirle a Dios que me ayude a valorar a las madres –a la mía, a la de otros, a todas– con el mismo amor y la misma reverencia con la que Jesús lo hizo desde el dolor de la cruz.

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Las ilustraciones de este artículo pertenecen a Raquel Díaz Reguera.